Se encuentran una señora con el párroco que la casó, por la calle y se saludan:
- ¿Qué tal está? ¿Y su marido?
Ella contesta:
- Bien, estamos muy bien.
-¿Han tenido hijos?
La señora triste contesta:
- Esta es nuestra única pena, que Dios no nos ha querido dar hijos y estamos muy tristes.
El cura apiadado le promete, que en su próximo viaje al Vaticano, encenderá una velita por ellos y rezará para que Dios tenga a bien mandarles hijos.
Pasan los años y se vuelven a encontrar por la calle. Se saludan y el párroco le pregunta de nuevo por los hijos:
- Oh si, si, gracias padre. Dios nos concedió 2 pares de gemelos y 3 hijos.
El cura sorprendido la felicitó y le preguntó por su marido. Ella le contestó:
- Pues, se ha ido al Vaticano, para apagar la maldita vela…
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